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En Gallego “le pedimos a Dios que caiga agua del cielo”

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Blas Pérez arroja agua con un balde sobre su alberca.

Gallego está tan perdido en el mapa que ni el agua llega, es la consigna de uno de sus cerca de mil habitantes. Secos, sin una gota de líquido, viven varios de sus pobladores por varios días a la semana.

Este corregimiento de Sabanalarga está ubicado a seis kilómetros de la carretera principal, a unos 40 minutos en bus desde la plaza. Un letrero verde, minúsculo y casi imperceptible, indica el cruce a la derecha para entrar al camino destapado y agreste que deben cruzar sus pobladores.

El polvorín de la carretera recorre sediento este pueblo de cuatro calles y cuatro carreras. Bajo el inclemente sol de mediodía, la única tienda, ubicada en la esquina de la Calle 3, está vacía. Todos los habitantes están sentados a la puerta de sus casas, esperando que un milagro les traiga agua.

“A Dios le pedimos todos los días que caiga agua del cielo”, dicen, pues ya perdieron la esperanza de que el acueducto funcione. En pozos almacenan los pocos litros que les quedan y con las pimpinas administran si bañarse o lavar los platos, la decisión más difícil de cada mañana.

Desde hace años que la situación es crónica, manifiestan sus habitantes, gente alegre, a pesar de la tragedia, que vive en comunidad, entre risas e historias. Los cultivos están secos porque no llueve, pero ellos esperan que todo mejore en mayo, cuando empieza la temporada del mango.

La última lluvia cayó sobre la tierra árida de Gallego en noviembre, hace cuatro largos meses. Sin cultivos, la ciruela, el manjar más popular de la zona, mantiene a flote a varios de sus habitantes. 

Como si vivieran en la edad media, la gente de Gallego divide el año entre la época de sequía y la de lluvias. En estos días que no cae una gota de agua del cielo, deben esperar hasta cuatro días a que el flujo del líquido se active para después ahorrarla austeramente.

“El pueblo está dividido en cuatro sectores”, explica Blas Pérez, un anciano de piel morena y sombrero vueltiao. “Si a mí, que vivo en el primero, me llega el agua un lunes, tengo que aferrarme a ella hasta el sábado, cuando se reactiva la llave”.

En Gallego, cada uno de los días de la semana representa alivio o desespero para sus habitantes. El lunes -el temor de los oficinistas- es un bálsamo para la gente de este corregimiento, pues significa que por fin, después de cuatro días, podrán bañarse tranquilos. Al menos una vez, hasta que vuelvan a escuchar las gotas de lluvia caer sobre la tierra.

Tomado de El Heraldo

Comunicador Social- Periodista egresado de la Universidad Autónoma del Caribe, se ha desempeñado en los diferentes ámbitos de este oficio, entre los que se encuentran trabajos en medios de comunicación como la radio, prensa escrita y televisión, un amante de la lectura y la práctica del periodismo en todas sus dimensiones.